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Oíd cofrades
de Santo Domingo, junto al Puente, al Cristo del PERDÓN pronunciando
esas siete Palabras inmortales bajo el palio azul de nuestro cielo,
junto a luces delirantes que escapan de los cirios de sus nazarenos
y sentid la sed de escuchar, como Dimas, esa frase que nos abre las
puertas del Cielo. Y, al mismos tiempo, sed testigos de cómo gracias
al tesón de unos cofrades jóvenes se ha podido recuperar no sólo una
antigua Hermandad, sino, también, una de las Capillas de mayor
solera arquitectónica del vetusto Convento de Santo Domingo el Real.
Estad seguros de que la Virgen de los DOLORES, ante cuya imagen
todos los días me santiguo, alberga en su corazón de Madre, además
de la devoción de su Barrio y las mil y una confidencias de los que,
con amor y confianza, se acercan a diario a su Capilla, el inmenso
gozo que le supone el poder abandonar, cada Lunes Santo, el largo
claustro de su hornacina a fin de llevar a todos los malagueños la
alegría y el consuelo de un Hijo, que, a costa de su vida, nos
perdona desde la Cruz.
Francisco José González
Díaz - 1988
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