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Por las callejas estrechas de un Perchel agonizante, el rostro
pálido marfil de una Dolorosa, guardesa de un barrio afable y
acogedor del que quiso ser vecina. Frente al puente, buscaba con la
mirada su antigua capilla, hoy demolida, Guadalmedina por medio, en
la otra orilla.
Un puente, nunca es distancia.
Cantar quiero tu noble y pura palidez
que es sufrir de siglos.
Penetrar con espíritu de amante
silencioso, tu hermosura,
y donde la nieve puso su blancura,
poner con mis labios la policromía
carmín de un beso depositado a tus pies.
Otro en silencio pondré
sobre el madero en que muestras a Tu Hijo.
¡Dolores! nardo enlutado
del Perchel...
¿Quién te clavó ese puñal?
¿Fue quizás el sufrimiento
de ver tu barrio muriendo...,
o acaso, fue ese tormento
de la Cruz del Redentor?
Leopoldo García Sánchez -
1994
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