|

|
En la antigua iglesia dominica se erige una capilla que es llamada
de atención sobre lo que puede hacer una cofradía. En prodigiosa
armonía ornamental y con el permanente recuerdo de fray Alonso de
Santo Tomás custodia la imagen de un crucificado: Cristo del Perdón.
Y apenas a unos pasos, la Madre, blanca imagen malagueña, enlutada
de dolor y de amor, la Virgen de los Dolores -la del palacio entre
ruinas, la que era la meta y el premio de nuestras carreras
infantiles, pasillo de Santo Domingo abajo- sigue buscando con su
bendita mirada lo que fue una seña de identidad perdida en esta
ciudad ante la indiferencia de algunos: la dirección de su puente.
Tú sabes de mi devoción, de mis visitas, cuando te veo o te adivino
con tu halo de misterio tras un cristal en tu capilla callejera.
Cada Lunes Santo, azucena del Perchel, te contemplo a los pies de tu
Hijo, entre una catarata de cera y de fuego, con esa forma tan
especial y tan única con la que te procesionan. Y a poco más, rápido
a la Catedral. Y entre olores de Semana Santa, nubes de incienso, el
tímido resplandor de los cirios y un respetuoso silencio, aguardarte
ilusionado hasta que nuevamente, milagro vivo, apareces ante
nosotros. Cada año, a la espera de ser coronada canónicamente, pero
nimbada durante dos siglos y medio por nuestra devoción, cuando
atraviesas ese efímero muro que nos impedía visionarte, a este
pregonero se le antoja que, una vez más, las tinieblas han sido
vencidas y Tú, Virgen de los Dolores, nos tiendes un puente de amor
que nos acerca hasta la luz.
José Jiménez Guerrero - 1998
|

|