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La Semana Santa alimenta la nostalgia. Sin embargo, evocar otros
tiempos y otros paisajes, felices en la memoria tamizada, sólo puede
servirnos para denunciar las leyes desatinadas, los fracasos
urbanísticos, culpables de hurtarnos a las nuevas generaciones de
malagueños, la posibilidad de haber conocido las huellas de aquella
ciudad.
Por eso, empujados por la madrugada, iremos a buscar los restos del
Perchel, para ver entre las viejas fachadas humilladas, entre
impersonales construcciones nuevas y jirones deshilachados de
nuestra historia, las largas y apretadas filas de enlutados
nazarenos con altísimas hachas de cera; para rendirnos a la
omnipotencia de Dios, que perdona y se deja matar por estas calles
oscuras y angostas, entre los solares y los escombros. Orad al
Cristo del Perdón, que se alza para buscar con la mirada a quien con
él comparte el sufrimiento y habla con su barrio desde la altura de
la cruz.
Y a sus pies, la Virgen de los Dolores recogida en sus penas, que
son las nuestras, porque ella se compadece con los que a diario,
desde hace más de dos siglos y medio, le cuentan sus pesares. Por
eso, Señora coronada por la devoción de tantos malagueños, queremos
verte aclamada como Soberana y queremos ver adornadas tus sienes con
el signo de la corona, que será del oro que reluce en esta Cofradía,
el de su compromiso con la Iglesia y con los pobres, el oro de su
amor incondicional a ti. Y cuando por fin se abran las puertas de
Santo Domingo, la voz de la campana de tu trono pedirá: ¡Paso a la
Reina de los Dolores, la del Puente!
Federico Fernández
Basurte - 1999 |
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