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Y
ahora, vestid conmigo vuestra túnica y cubríos con el anonimato del
capirote para acompañar a la Señora que cruza el Puente a los pies
del Cristo del Perdón. Caminad tras Ella por la Alameda y calle
Larios, que vamos todos a la Catedral a hacer Estación de
Penitencia. Uníos todos los que le habéis rezado, a uno u otro lado
del Puente; acudid todos los que alguna vez os habéis agarrado a su
reja para contarle vuestras penas, porque con Ella van prendidos más
de dos siglos y medio de piedad popular, y por Ella un barrio,
arruinado en su ruina, reconoce que, en la Soledad de su Capilla,
siempre será la Estrella que lo ilumina con Esperanza. Y aunque ya
no podéis salir a su encuentro esquinas de calle Marroquino, ni en
triunfo levantarse el arco de calle Jiménez, aunque ya no haya
colchas en los balcones de las cuatro esquinas y ni siquiera el
Puente esté colocado para mirarla, Ella sigue siendo referencia y
meta, permanente confesionario e inagotable consuelo de todos los
que alguna vez hemos mirado su cara.
Venid conmigo nazarenos del aquel Perchel que es sólo memoria,
acudid para mitigar los Dolores a la Virgen que día y noche espera.
Venid conmigo nazarenos de Málaga y contemplad como María está
devolviendo la diaria visita a todos los que se acercan por el
puente y nos sigue ayudando a vadear el río de la vida. Venid
conmigo hermanos de la Cofradía que siempre ha estado unida bajo esa
bandera, ante Ella rendida, la que no ha necesitado más bordados que
los de una cruz dominica y un corazón traspasado para sentir la
enorme responsabilidad de hacer día a día Hermandad; la que cada
Lunes Santo va tiñendo de luto las calles y al mismo tiempo
inundando de luz todos sus rincones la que con la voz de sus
campanas va pidiendo paso a la Señora del Puente y la que siempre te
ha saludado como reina y anuncia que pronto saldrás de la Catedral
ceñida con la corona de plenitud que tus hijos depositaron a tus
pies. Calles de Málaga en Lunes Santo, que unís la Trinidad con el
Perchel y el Altozano con el Centro y que vais cruzadas por un mar
de personas que buscan a Dios y lo encuentran Cautivo, que piden y
se les concede la Gracia y la Esperanza, que hacen memoria de
aquellos barrios y recobran como en un sueño los lugares y los
ambientes, compadeceos de esa azucena perchelera que va palideciendo
a los pies de una cruz, muertecita de pena, ahogada en el océano mar
de lágrimas de su Dolor.
Jesús A.
Castellanos Guerrero - 2000 |

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